La Gorda esperaba algo
por Criseida Santos Guevara

"AHÍ va otra vez el coche gris," dijeron, "ahí van otra vez esos mochaorejas." La Gorda fue la primera en saltar. "Quémenlos vivos, quémenlos toditos." Eustasio también se inquietó, pero lo que fue La Gorda quería salir en ese mismito momento a echarles petróleo en la cara. Él la tranquilizó, le dijo que pensaran mejor las cosas. Y resultó, porque "de Rosalía Ulloa no se burla nadie." Ya había estado bueno de tanta chingadera de los pinches tamarindos corruptos. "Me vale madres quienes sean. Me vale madres si son chalanes del Señor de los Cielos," dijo. Luego salió a alertar a la comunidad y fue cuando empezó todo. "Andan rondando mi casa. Andan vuelta y vuelta en un coche gris, llevan siete días así," nos dijo. Y sacó pluma y papel para escribirle al Señor Secretario: Hacemos de su conocimiento que hace más de una semana se observó a personas en un vehículo color gris perla, con placas 277 RPH, haciéndose pasar como elementos de la PFP con acciones o conductas dirigidas a filmar a niños en las calles.

Yo y otros cuatro los interceptamos. Nos dijo que los trajéramos acá y que nos pusiéramos a platicar en la tienda de la esquina, que dijéramos todo lo que sabíamos, que eran secuestradores y que había que hacernos justicia. Estábamos fumando un cigarro y la gente empezó a preguntar más y más, hasta que los ánimos se calentaron. "Yo les cortaría los huevos," dijo una vec i na. Poco a poco los vecinos fueron trayendo piedras y palos. "Sin vaselina y parados. Así me los voy a coger," dijo uno mientras jugaba con sus chacos. Estábamos temerosos, cómo no. Teníamos miedo, toda la gente tenía metida la idea de quemarlos vivos. Al poco tiempo se juntó más gente, pero nadie hacía nada. Habían empezado a golpear a uno, pero sin mucha saña. Empujoncitos y patadas, nada de muerte. La Gorda esperaba algo y todos esperábamos a La Gorda. Luego se descontroló y empezó a gritar. La gente, eufórica, se lanzó contra los tres oficiales. Varios pasaron encima de mí. Ya no hice nada para acercarme, me quedé lejecitos, en una esquina. Un amigo me dijo que ya había llegado Televisa, que por qué mejor no me iba al bar, a ver la bronca por televisión. Nos fuimos ju n tos. Pedimos dos cervezas. Estábamos sin hablar, casi sin mirar al aparato. Yo de refilón veía la transmisión, en vivo. Nomás se oía lo hueco que sonaban sus chompas, si no fuera porque era de verdad, yo hasta me hubiera reído. Les daban de pedradas, los pateaban, la piel la tenían como una media de mujer rasgada, chorreante. Pegaban de gritos, si no fuera porque de ahí los traían, ellos solitos se hubieran jalado de los pelos nomás de sentir aquellas patadas tan crueles en los ojos, porque les patearon los ojos. También ahí La Gorda esperaba algo y creo que todavía nosotros esperábamos a La Gorda. Luego como que se desesperaron y trajeron la gasolina, los bañaron y no pudieron disimular la conciencia de lo que venía. Ya ni me fijé quién prendió los cerillos, el grito que se escuchó me recorrió la espalda. "Se ha de sentir gacho," dije en voz alta. "Eran chotos," dijo el cantinero. "A ésos ni quien les tenga piedad." Di un trago prolongado y volví a mirar la televisión; el primero había mue r to. ?

Sylvia Beuhler        

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