Oí hablar de Annie Proulx por primera vez en noviembre del 2005. Yo comenzaba a trabajar en la editorial Siglo XXI de España Editores justo en el momento en que salía la segunda edición de Brokeback Mountain: en terreno vedado, un volumen con once relatos sobre Wyoming, incluido el que da nombre al libro.
Leí Brokeback Mountain de un solo golpe. Continua y precipitadamente. La prosa es árida, directa, dolorosamente fría. Por momentos pensé en El llano en llamas, en Juan Rulfo. No puedo ni quiero calificar la historia de Ennis del Mar y Jack Twist. Demoledoramente real, este relato habla de amor aparecido y dejado ir, cobardía que impide tomar decisiones, miedos que arrancan todas las posibilidades de plenitud, egoísmos momentáneos que no miden la efímera felicidad. Muerte irreparable y ridículo deseo de detener el tiempo y volver atrás, reparando todo lo no dicho, lo sin hacer. Una clásica historia de amor.
“Nada terminado, nada iniciado, nada resuelto...,” es la conclusión de Ennis y Jack, veinte años después de haberse amado por primera vez.
Pocas semanas después, a inicios de enero, Annie Proulx, invitada por la editorial Siglo XXI, llegó a España por diez días. Aquellos invernales días fueron intensos y calmados a la vez. Aunque la organización de las entrevistas y los encuentros de la autora me tenían en un incesante movimiento y permanente acoso telefónico, los ratos, los largos ratos con Annie a solas o en presencia de otros me volvían a la calma. Ella respiraba control, so-siego, tranquilidad.
Alta,? corpulenta, ojos azules, piel muy blanca y el cabello corto, Annie parecía muchísimo más joven que sus setenta años. Su ánimo también lo atestiguaba. Dispuesta siempre a responder a todos, a contar detalladamente en cada ocasión y por enésima vez las razones de la historia, el camino hasta convertirse en película, Annie Proulx hacía de cada entrevista, de cada presentación, una historia nueva. Las respuestas y ella misma, no eran entusiastas, sino tan áridas y calmadas como sus relatos. Pero en estos días nunca la oí repetir los hechos de igual manera, aunque se tratara de las mismas historias ya escritas o relatadas durante conversaciones. Ante cada pregunta, ella meditaba sobre la respuesta como si tratara de hurgar en un nuevo terreno. Concentrándose, ponía toda su memoria en darle un sentido propio a las inquietudes ajenas.
No parecía, no es, una mujer débil. Precisa, tajante en cada decir y contradecir. Sin un minuto de impuntualidad para los compromisos, sólo una vez pareció incómoda por los quince minutos de retraso de un periodista. ¿Él me iba a entrevistar durante media hora, verdad? Pues sólo le quedan quince minutos, dijo. Luego, al llegar el joven periodista, Annie comenzó lentamente a responder cada una de las infinitas y complejas preguntas. Pasaban los minutos, los cuartos de hora. Hablaron más de una hora, retrasando el resto del programa del día. Al final esta mujer, absolutamente reservada, le dio su e-mail al periodista para que si un día visitaba Wyoming, le avisara.
Siempre mirando a los ojos, sabía diferenciar la profesionalidad de unos, del deber o del encantamiento de cada uno de sus entrevistadores. A todos les daba las respuestas emotivamente pensadas, a otros miraba maternalmente, como encantada con la juventud y la belleza de la gente.
En medio de una de las presentaciones en público en Barcelona, salió la típica pregunta sobre los autores preferidos. No se comprometió sino que regresó la pregunta al público y así todos los que allí estábamos comenzamos a decir nombres a los que ella asentía con sorpresa o consentimiento.
Piensa que el gran problema de Estados Unidos es la división, entre lo urbano y lo rural, lo blanco y lo negro, los hombres y las mujeres, los estados rojos y los azules. Pero no, las cosas y las personas son más complejas que sus etiquetas. Aunque evitó hacer explícitas declaraciones políticas sólo dijo que el actual presidente de Estados Unidos no era su presidente y que no va a marchas con carteles, prefiere estudiar y describir el Red Desert antes de que desaparezca.
La película de Ang Lee sobre el relato le parece excelente. Aunque Jack Twist no es en el filme como ella lo había imaginado, Ennis del Mar le resulta entrañablemente real. Al principio dudó que Ang Lee, por tener orígenes en otra cultura, pudiera sentir el cuento de la misma manera que ella lo había concebido, aunque sí creyó en los guio-nistas, amigos personales, para trasladar a lenguaje cinematográfico la historia de Wyoming. “La literatura y la arquitectura son los mitos en los que se sustenta la civilización. Yo creo que ya podríamos agregar que el cine está comenzando a serlo. El cine se está convirtiendo en el mensajero de las historias, cuya fuente sigue siendo la literatura.”
En otra ocasión, también en Barcelona, en una presentación ante un público casi totalmente homosexual, sacó de entre sus papeles un grupo de cartas. Cartas recibidas durante siete años, desde la publicación del cuento por primera vez en The New Yorker. Durante años había recibido, respondido y guardado cada una de esas cartas. Esa noche, se atrevió a compartir las partes menos privadas de la correspondencia. Eran hombres y mujeres de todo tipo dándole las gracias por narrar parte de sus vidas, otros contándole historias parecidas o de finales distintos y muchos brindándose para acoger en sus terrenos a Ennis del Mar y Jack Twist. “Los gays y las lesbianas reciben tan poca simpatía del resto del mundo que siempre son muy agradecidos con quien se las brinda. Siempre recibo cartas que me hacen llorar, me dicen que yo escribí la historia de Romeo y Romeo.”
Hablaba de Wyoming con ternura, pertenencia y a veces con severidad. Wyoming vive en el siglo XIX y está contenta de estar en él, los que están dentro no pueden ver realmente cómo es, escuché que dijo más de una vez. Al describir los paisajes, parecía estar vién-dolos claramente aún en la larguísima distancia que lo separa de estas mañanas de invierno en España. “Muchos kilómetros en los que no hay nadie, sólo el paisaje, y a veces el ganado, las ovejas. El cielo es tan profundo donde yo vivo...” y yo pensé, como Jack Twist, “azul tan profundo que uno podría ahogarse mirando para arriba.”
Annie comenzó a escribir ficción muy tarde, cuando el último de los hijos salió de la casa materna. A su favor tenía una larga experiencia periodística. “Cada noche escribe algo, un párrafo, no tiene que ser más. Si hay una lluvia to-rrencial, siéntate y descríbela, sólo eso. Guárdalo. Un día necesitarás esa lluvia. No uses el ordenador, con el ordenador es demasiado rápido, hazlo en papel, dibuja las letras sobre el papel y los trazos te obligarán a seguir pintando, me decía mientras contaba su rutina de amanecer antes que el sol, tomar café (al que nunca dice no) y escribir larguísimas horas, hasta que la tarde la llama siempre a esquiar en los desolados parajes que rodean su casa. “No te preocupes, no hay que escribir temprano, primero hay que vivir, primero hay que co-nocer el amor y la tristeza para poder hacer algo.” Un rato después, cuando yo creía cerrado el capítulo de consejos literarios me miró interrogante. ¿Te has divorciado alguna vez? No, pero he estado enamorada y he dejado de estarlo, atiné a decirle rápidamente. “Entonces ya puedes empezar a escribir, porque primero hay que conocer sobre la vida y la tristeza. Escribe, hazlo, hazlo cada noche, aunque sea una línea.”
Esa misma noche, ya muy tarde, a punto de irme a la cama, traté de seguir el consejo. Una hoja en blanco en la que sólo pude escribir: “Hoy conocí a Annie Proulx, es decir, hice una pirueta,” parafraseando a Silvio Rodríguez en su poema del día que conoció al poeta cubano José Lezama Lima. Ahí quedó paralizada mi línea. Entonces fui al teléfono y envié un texto que pretendía ser una declaración de amor. Hubo respuesta y así de un lado a otro, con un mar por el medio, escribí las mejores letras que fui capaz. Me dormí pensando en él y me consolé creyendo que Annie Proulx aprobaría mi escasa disciplina literaria.
Durante días conti-nuaron mis encuentros con la autora. Una tarde, mientras almorzábamos con el cónsul norteamericano, en un ambiente muy relajado, alguien habló nuevamente de Wyoming, de rutinas para escribir. Annie, que estaba muy extrovertida, quizás a causa del buen ambiente o del cava catalán, comenzó a contar de su vida como escritora, del texto en el que trabaja sobre el Red Desert, un territorio que está a punto de perder su virginidad a causa de las corporaciones que buscan allí todo el petróleo y el cobre que guarda su subsuelo. No recuerdo cómo, habló de su rutina de trabajo. Hubo un momento en que me miró e hizo un gesto indescriptible, una mezcla de pregunta con imperativo. No supe si me preguntaba si yo estaba cómoda en aquel almuerzo que era por ella y al que yo asistía como obligación como representante de la editorial, o si me preguntaba si yo estaba de acuerdo con sus palabras sobre la destrucción del planeta, la creación literaria o algo parecido, o si sólo me confortaba, me aseguraba, “todo va a estar bien, no te preocupes.” Tampoco supe si en tal caso, el “todo” era el programa de ese día, el del resto de su visita, el amor o mi vida entera. No sé. Lue-go sonrió y siguió hablando para todos. Esa mujer distante y desconocida estuvo más cerca de mí que nadie durante cinco segundos. En ese brevísimo instante tuve a la más real de todas las Annie Proulx. |
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