Hugo Hernández Valderrama

Sensacional de despachadores

La comida llegó tarde, como siempre. Eran pasadas las tres de la tarde y el pendejo de las pizzas llegó muy sonriente con dos hawaianas tamaño jumbo, frías. A nadie le importó que estuvieran frías. El hambre era mucha.
        En menos de lo que tardó en pagarle al motociclista, sin propina claro está, por las pizzas, ya los otros tres despachadores de la estación de gasolina de Lázaro Cárdenas habían dado cuenta de una de las hawaianas jumbo frías que recién arribaron, así que Octavio se tuvo que conformar con compartir la otra entre cuatro, así era siempre. “Pinches mamones tragones de mierda,” se dijo para sí, “y yo sin dinero para otra pizza. Cómo no viene el puto Diablo y me dispara una pizza.”
Mal comido y enojado se terminó sus dos porciones de pizza, su coca-cola caliente, (irónico como parezca, la pizza fría y la coca caliente) y regresó a su puesto en las bombas número cuatro y seis de la estación.
        Pasaron cuarenta minutos sin ninguna actividad. Por la carretera Panamericana a cincuenta metros, sólo silbaban los automóviles ya abastecidos de combustible en el poblado anterior y en clara desespera-ción por llegar a su destino más próximo: la ciudad de Chihuahua, a veinticinco km de distancia aproximadamente.
Sentado en un banco de madera, le-yendo el semanario Sensacional de traileros donde Alma, una joven voluptuosa e inocente, tenía supuestos amoríos con un trailero cincuentón el cual nunca le había sido infiel a su esposa, Octavio no vio cuando el Maverick setenta y ocho color guinda se detuvo frente a la bomba marcada con el número cuatro de su estación.
        Dejó su revista sobre la bomba y se acercó al auto. La ventanilla del chofer bajó. Dentro, un hombre de aproximadamente cuarenta años, delgado, más bien cadavérico, de gafas oscuras, cabello entrecano y rostro anguloso, sacó un billete de docientos pesos por la ventanilla y se lo ofreció a Octavio, el cual, inocentemente, lo tomó mientras preguntaba ¿de la verde?
        El hombre del auto no respondió nada, ni siquiera dirigió su rostro hacia el despachador. Se limitó a articular las únicas palabras que Octavio le escucharía jamás.
        —Es para que te compres otra pizza.
        Dicho lo cual arrancó el auto y desa-pareció por la carretera hacia el norte, rumbo a la ciudad de Chihuahua.
       Octavio miró las otras estaciones para ver si alguno de sus compañeros lo había visto, nadie parecía mostrar interés en él o haber mostrado interés alguno en lo que le acababa de suceder. Así que se sentó de nuevo a continuar leyendo.
Descubrió que Alma, de veinte años, en realidad era una muchacha que había viajado hasta la ciudad para buscar a su padre, al cual no conocía, y que el trailero, de nombre Ángel, la había recogido en un merendero de paso luego de que el dueño del lugar había querido cobrarse con sexo una sopa aguada y unas tostadas de aguacate que la hambrienta provinciana tan vorazmente había degustado minutos antes de su llegada.
        En eso estaba cuando escuchó las carcajadas de López, el de la estación de enfrente, bombas tres y cinco; a Octavio siempre le había irritado López, y más sus carcajadas, eran una mezcla, pensaba él, de tos de tuberculoso y rechinido de balata, con un volumen considerable; aparte cuan-do se reía, y más cuando se carcajeaba, arqueaba su cuerpo y echaba la cabeza hacia atrás, mostrando la prominente panza, el ombligo peludo y una nuez de adán grotes-ca que subía y bajaba al ritmo de aquella irritante carcajada. Trató de ignorar las carcajadas de López y se limitó a buscar la causa de éstas.
        Frente a la bomba cinco, un BMW blanco, impecable; dentro, una morena de blusa de tirantes que se levantaba las gafas oscuras para mirar a López y le sonreía mostrando unos dientes perfectos y unos labios rosados que a Octavio se le antojaron carnosos y diestros en ciertas tareas que a él particularmente no le vendrían nada mal. Una leve mueca se le empezaba a dibujar en el rostro cuando le entró la duda: ¿qué le podría haber dicho López a esa belleza para sacarle una sonrisa?, y más aún ¿cómo era que después de verle la panza peluda y la grotesca nuez podía continuar sonriendo? Le parecía inconcebible que una belleza como aquella pudiera encontrar gracioso y digno de cualquier trato que no fuese el evidente a alguien como López quien, aparte, olía mal.
        “Pinche López tan suertudo. Cómo no le toca la lotería y le cae un puto rayo,” pensó para sí, en el momento preciso en que López dejó de carcajearse y se buscó la cartera en la bolsa trasera de su overol caqui, la morena sin dejar de sonreír lo miraba ¿extasiada?, bueno, lo miraba y ya.
        De su cartera López sacó unos papeles doblados y arrugados color azul cielo, los extendió y Octavio vio que era una tira de cinco billetes de lotería, la morena le entregó una lista impresa en un papel blanco, López cotejó su billete y se quedó sin respiración, miró a la morena, luego a la lista, luego al billete y de nuevo a la morena, repitió esto como unas tres veces y a cada mirada a la morena su cara cambiaba un poco hasta que cambió la de asombro por una de felicidad que estalló de nuevo en la misma irritante carcajada de tos, panza y nuez.
        En este punto los otros despachado-res ya habían estado observando también a López y a la del BMW, así que poco a poco se iban acercando.
        —¡Miren pendejos! –gritó López–. ¡Veinte milloncitos, culeros! –gritaba mientras agitaba en el aire la tira de billetes en una mano y la lista en la otra. Caminó agitando los papeles hacia ‘Corcho,’ el de la estación de diesel, un moreno robusto que medía a lo mucho un metro cincuenta, viejo amigo de López e igual de baboso e irritante. En realidad se llamaba Enrique, pero el apodo de ‘Corcho’ le precedía en popularidad al nombre, e incluso al tan u-sual ‘Quique’ para los Enriques, me imagino que su primer apodo había sido ‘Tapón’ por la estatura, pero en algún punto entre la primaria y la fallida secundaria algún viva-les lo había cambiado por ‘Corcho,’ menos despectivo y con opción a atribuirlo a cual-quier otro defecto que no fuera la estatura, razón por la cual Enrique lo adoptó de buena gana y siempre se presentaba a sí mismo como ‘Corcho.’
        Corcho dejó su estación y se encaminó hacia su amigo que poco a poco avanzaba en su irritante danza de los papeles. Súbitamente, la risa de López alcanzó un nivel nunca antes escuchado y fue ahí dónde una luz blanquiazul iluminó la gasolinera de Lázaro Cárdenas.
        La sonrisa de la morena se transformó en una “o” perfecta, sus ojos se abrie-ron hasta casi querer salir de su órbita y sus manos se tensaron sobre el tablero del BMW hasta hacer saltar, rotas, unas cuantas de sus uñas rosas de gel con diseño, recién retocadas. La cara de asombro dio paso a una de terror que combinó muy bien con el grito de su garganta mientras López caía al suelo de grava con los billetes de lotería prendidos en una pequeña llamita naranja, la blanca lista ennegrecida y humeante y el chamuscado overol caqui ligeramente empapado por sus deyecciones, las cuales seguramente ya incluían un poco de la pizza fría tan egoístamente compartida con Octavio. Corcho, asombrado, estaba tirado frente a López mirándolo, inexpresivo, seguramente el impacto del rayo lo había lanzado también a él al piso.
       “Pinche López tan suertudo,” pensaba Octavio, mientras los gritos de la morena cesaban y López aturdido y humeante se incorporaba lloroso y se abrazaba de Corcho, el cual como que no queriendo la cosa miraba triste el carboncillo en que se habían convertido los “veinte milloncitos.” Una ráfaga del desierto partió el carboncillo en varias partes y lo elevó fuera de la vista de Corcho que en ese momento soltó el llanto, no sabemos si por solidaridad con López, por el susto de la cercana muerte, o por haberse perdido la oportunidad de disfrutar junto con su amigo del dinero. Octavio pensó que lloraba porque con todo y que era su amigo, ahora López apestaba más que nunca.
        “Pinches pendejos de mierda,” pensó riéndose por lo acertado de la frase.
La morena se fue. López se cambió de ropa y esperó a la ambulancia que llegó como una hora después, Corcho volvió a su estación diesel con los ojos irritados (de llorar o de lo punzante del olor de la mierda quemada de López) y Octavio regresó a su lectura.
        Pues resultó que Alma, después de haber tenido relaciones sexuales con Ángel, claro está, las cuales habían sido ilustradas con detalle y morbo por el dibujante; descubre que su amante es en realidad su padre, todo esto por ciertas señas particulares ocultas que su madre le había confiado, así como el nombre completo del individuo encontrado en un gaffete de trabajo del señor. Después de esto, Alma se va en la madrugada del lecho amoroso, despidiéndose tiernamente de su padre del cual ahora estaba enamorada, y confundida y